Un adiós premeditado

Ante la notícia del suicidio de Robin Williams se ha despertado una lluvia de movimiento en internet. En homenaje a este gran artísta, que tras muchos años de bailar en la cuerda de la inestabilidad emocional ha decidio dejarnos para estar en todas partes, les dejo esta carta:

UN BIPOLAR ANTE EL SUICIDIO DE ROBIN WILLIAMS

 

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¿Qué experimenta un bipolar cuando se suicida otro bipolar? Aunque no se ha comentado demasiado, Robin Williams era bipolar. La lista de actores que sufren esta patología es notable e incluye a Stephen Fry, Catherine Zeta-Jones, Jim Carrey, Ben Stiller, Mel  Gibson, Richard Dreyfuss. Todo indica que Williams primero intentó cortarse las venas, pero probablemente no pudo soportar el dolor. Las venas se resisten a liberar su carga, casi como un niño que lucha para no dormirse porque tiene miedo a la oscuridad. Sin embargo, cuando el deseo de morir se ha apoderado de la mente, no se desiste con facilidad. Por eso, el famoso actor cambió de método, ahorcándose con un cinturón. Al parecer, escogió la noche para decir adiós. Tal vez le empujó el insomnio, un adversario particularmente cruel. La desesperación se agudiza cuando el mundo escatima su tregua diaria, esa pequeña muerte que paradójicamente nos ayuda a vivir, suspendiendo por unas horas el mundo real. Los bipolares raramente disfrutan de un sueño reparador. Yo sufro continuas pesadillas. Sueño que me ahogo, que mi piel arde y se desprende como las pavesas de una hoguera, que mi garganta intenta articular sonidos y solo produce estertores, que mis ojos hormiguean con miles de insectos agitándose debajo de los párpados. Suelo levantarme agotado y confuso, pero el turbulento mundo de los sueños me resulta más tolerable que mi rostro en el espejo, maltratado y envejecido por un dolor obstinado.

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No voy a ocultar que la muerte de Robin Williams me ha afectado. Tengo 50 años, escribo, soy bipolar, no tengo hijos, he sobrevivido a varios intentos de suicidio y he perdido la esperanza de vivir sin el lastre de la angustia, la tristeza y la ansiedad. El trastorno bipolar recorta la esperanza de vida en diez, veinte, treinta años. Cada estudio arroja un resultado diferente. Mi hermano Juan Luis hundió la cabeza en un horno y abrió las espitas del gas con cuarenta años. No albergaba convicciones religiosas, pero escenificó su muerte con una hilera de crucifijos, alineados en el pasillo que conducía a la cocina. Era mi hermano, pero también una ausencia que yo he combatido reelaborando mis recuerdos, pues no soportaba el contraste entre la realidad y el deseo. Si miro hacia atrás, hay más vacíos que vivencias compartidas. En muchos aspectos, fuimos dos desconocidos que se encontraban de tarde en tarde, fracasando una y otra vez en el propósito de tejer una relación basada en el afecto y la comprensión. Nuestra impotencia para llegar al otro no impidió que naufragáramos en las mismas aguas. Si alguien examina nuestras vidas, advertirá grandes diferencias, pero también se preguntará si no éramos la misma persona, bordeando los mismos abismos. Quizás yo he vivido diez años de más, pero el anhelo de escribir me empuja a seguir aquí. Percibo mis días como páginas que avanzan entre el sufrimiento y el anhelo de felicidad. A estas alturas, tal vez solo soy palabras que se resisten a morir.

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Robin Williams no era uno de mis actores favoritos. Es indudable que tenía talento, pero quizás por mi edad estoy más cerca de Montgomery Clift o Marilyn Monroe. Los dos eran bipolares, autodestructivos y profundamente desdichados. Monty se maltrató a conciencia, abusando de las drogas y el alcohol. Apenas superó los cuarenta años. Marilyn vivió menos. La noche del 5 de agosto de 1962 su cuerpo se rindió ante un cóctel de barbitúricos. Al parecer, mezcló Nembutal (pentobarbital) y Seconal (secobarbital), una combinación fatal que solo fue posible porque su médico de cabecera y su psiquiatra no compartían información. Todo indica que esta vez no buscaba la muerte, pero sí unas horas de sueño, con la desesperación del que ha sobrevivido a duras penas a feroces insomnios. Nunca sabremos las causas y circunstancias exactas de su muerte. Sin embargo, hay incontables testimonios sobre sus fallidos intentos de suicidio, que evidencian su inestabilidad emocional. Ser inestable no es una elección, sino un estado del alma que brota de una interminable herida. No sé cuál era la herida de Robin Williams, que agravó su desorden interior con previsibles adicciones. Previsibles porque el alcohol y las drogas mitigan la depresión, induciendo una alegría tan artificial como efímera. De joven consumí ácidos y cocaína. Solo fue un contacto fugaz, pero no he olvidado su efecto. Al principio, experimentas euforia, excitación y una ilimitada confianza en ti mismo. Hablas durante horas, con una aparente clarividencia. Sientes que por fin has logrado desembarazarte de cualquier inhibición o complejo, pero solo es un cruel espejismo. La avalancha de palabras, hallazgos e intuiciones se detiene poco a poco y de repente comienza una vertiginosa caída. Parece que has saltado por la ventana de un patio interior, con las paredes de color ceniza y un suelo que se prepara para destrozar tu cuerpo, transformando tu cerebro en una medusa moribunda. Al parecer, Robin Williams había superado sus adicciones, pero no la depresión, que se había agudizado durante las últimas semanas. Cuando encontraron su cuerpo, se hallaba casi sentado. Mi hermano estaba de rodillas, con los pies descalzos. Ambas imágenes son desoladoras, pues reflejan indefensión y fragilidad, pero también una profunda determinación de morir.

El suicidio no es una elección libre y racional, sino un impulso incontrolable. Yo celebro estar vivo. Entre 1993 y 2007, busqué la muerte en varias ocasiones, combinando antidepresivos, ansiolíticos e hipnóticos, pero desde que empecé a escribir literatura la perspectiva del suicidio perdió fuerza y ahora solo es un lejano fantasma. El suicidio de Robin Williams ha resucitado ese fantasma, pero no como una posibilidad, sino como un doloroso recuerdo. He pensado en Margaux Hemingway, que se suicidó el 1 de julio de 1996. No era una fecha cualquiera, sino el aniversario del suicidio de su abuelo, Ernest Hemingway, el gigantón que amaba el boxeo, los toros, la caza, la guerra, y que en la madrugada del 2 de julio de 1961 se voló los sesos con su escopeta favorita, una Boss calibre 12. Hemingway conservaba la pistola Smith & Wesson con la que se suicidó su padre, el médico Clarence Edmonds. Clarence se pegó un tiro en la cabeza mientras se encontraba en el despacho de su consultorio. Cuando recibió la noticia, el escritor comentó: “Probablemente yo voy por el mismo camino”. Al igual que su abuelo, Margaux sufría trastorno bipolar. Se quitó la vida en su apartamento  de Santa Mónica, California, utilizando una sobredosis de fenobarbital. Tenía 42 años. Dejó un bloc de notas, pero arrancó algunas hojas y las quemó. En las primeras páginas se leía: “Amor, curación, protección perpetua para Margot”. También quemó incienso, hizo un montoncito con sal, alineó dos velas y depositó un ramo de flores blancas en la mesilla de noche. A la izquierda de su cama, colocó un osito Teddy, quizás por nostalgia de la infancia, pese a que siempre manifestó que de pequeña había sido muy desgraciada. Al examinar el cuadro, algunos pensaron que pretendía formular un conjuro contra la muerte, pero tal vez solo quiso escenificar su suicidio. El suicidio es una ceremonia privada abocada a convertirse en acontecimiento público, especialmente si eres un artista. Quizás Margaux nos dejó un mensaje que no sabemos interpretar o solo nos quiso decir adiós a su manera.

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Sobrevivir a un suicidio no produce alivio, sino rabia y frustración. Es un nuevo fracaso en una vida marcada por los sentimientos de fracaso, pero eso no significa que resulte deseable tener éxito, pues el que se mata deja un rastro terrible en su entorno. De alguna manera mata a los que le querían. Yo no soy capaz de pensar en mi hermano sin recordar su suicidio. Sus fotos descansan en un álbum, lejos de la vista, pues su imagen está inevitablemente asociada a su trágica muerte. No le he olvidado. Simplemente, no soporto la sombra del suicidio, dibujándose en una mesa o una repisa. Yo no deseo añadir un nuevo drama a la historia de mi familia. Quiero vivir, tengo muchas ganas de vivir. Pienso que solo he empezado una segunda navegación como escritor, después de pasar quince años en la enseñanza y un lustro como investigador y bibliotecario. Robin Williams nos deja el mismo año que Philip Seymour Hoffman, que se inyectó una explosiva mezcla de heroína, cocaína, benzodiacepinas y anfetaminas. Ambos sucumbieron a sus demonios interiores. Hoffman comentó a sus amigos: “Sé que voy a morir”, pues seis semanas antes había superado de milagro una sobredosis. Incapaz de controlar su adicción, consumía también grandes cantidades de alcohol. Se puede decir que también se suicidó, pues alcohol, drogas y enfermedad mental suelen bailar en la misma cuerda, sin ignorar que antes o después caerán al vacío. Yo me he enamorado de las palabras y eso me ha salvado. Ahora me dedico a seguir los pasos de la luz, embriagándome con su belleza. No hay mucho más. La realidad solo es eso y quizás sea lo mejor, pues nuestra conciencia no podría soportar la carga de la infinitud. Robin Williams no ha sido acogido por un Dios compasivo. Está con nosotros, invitándonos a darle la espalda a la melancolía. No se me ocurre mejor homenaje que mirar al cielo y sencillamente sonreír.

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RAFAEL NARBONA

http://rafaelnarbona.es/?p=8757

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Aborto: ¿a qué nos enfrentamos?

Encontramos en la red historias de casos reales de abortos dramáticos, envueltos de culpabilidad y arrepentimiento y consecuencias terribles en relación a la salud tanto física como mental. “Tenía 19 años cuando cometí el peor de los crímenes: maté a mi bebé”,  “Nunca más pude tener hijos”,  “Mi novio me dejó”, “Mi madre me obligó”… Historias que se repiten en diferentes páginas, conservando la confidencialidad, que generan en respuesta testimonios como este:

P. (14/09/2007, 13:19): “Harta de ver “historias reales” en que abortar se convierte en un horror (y que son falsas), expongo mi historia, que sí es real: Tenía 19 años, estudiaba un módulo de administración, tenía un novio que pasaba un poco de mí, pero lo tenía. (…) el preservativo debió romperse (no lo comprobamos (…). Estaba embarazada. Se me cayó el mundo encima. Fui a mi ex y se lo comenté. No supe más de él. Entonces creí morir. No sabía qué hacer, me veía sola, sin dinero, sin nada y con un bebé. Tenía tantos planes (…) Lo pensé y lo medité mucho y al final fui a planificación familiar y me informé. (…) Pues aborté, yo sola, en la clínica. Sin decir nada a nadie, porque por desgracia la sociedad todavía no admite el aborto como un derecho o una elección. Ahora soy técnico administrativo, cada vez más importante en mi empresa, tengo un novio maravilloso, al cual le conté esta historia y no le importa nada, tengo a mi familia que me adora. En fin, gracias a mi decisión he podido cumplir mis ilusiones y vivir mi vida. No me arrepiento de lo que hice, y jamás lo haré, es algo que tenía que hacer. Sufrí mucho en su momento, claro que sí! Fue duro, yo sola. Pero, lo afronté. (…)”.

A continuación, os presento otros testimonios recogidos a través de entrevistas personales (los nombres son falsos con el fin de mantener la confidencialidad). Gracias a todas ellas por participar e inspirar este artículo:

Raquel, 35 años: “Cuando tenía 22 años me quedé embarazada de mí pareja. Yo estaba decidida a llevar a cabo el embarazado, pero mi pareja no y me dejó. A pesar de esto, continué sola, yo quería tenerlo y no me importaba si era sola o acompañada. Durante todo el embarazo tuve pérdidas de sangre y al sexto mes, por consejo del médico, realizamos el aborto inducido ya que el bebé podría tener malformaciones al nacer y el embarazo no iba bien. Fue muy duro para mí durante el primer mes después de la pérdida. Los años siguientes es inevitable recordarlo en la fecha. No me arrepiento de haberlo hecho, ambos estábamos en riesgo. Hoy en día soy feliz, y aunque aun no tengo hijos por circunstancias de pareja, los tendré.”

María, 59 años: “A los 32 años, después de haber tenido 3 hijos, estaba terminando de estudiar mi carrera que había abandonado a los 19 cuando tuve mi primera hija, y me quedé embarazada de mi marido. Decidí abortar porque no quería tener más. Fue una decisión premeditada, hablada con mi marido y contando su apoyo, estaba muy segura y convencida de lo que estaba haciendo, y sigo estándolo. (…) Exageré mi situación con tal de asegurarme que me concedieran lo que considero mi derecho a decidir sobre mi vida”.

Juana, 56 años: “Aborté con 29 años. No tenía trabajo, ni pareja, mi embarazo fue fruto de una relación esporádica. Tuve que desplazarme a la Clínica de “x” y me realicé el aborto. Ese día tuve molestias, sobre todo por el viaje de vuelta en autobús, pero básicamente era como un dolor de regla fuerte. Me fui a pasar el fin de semana con una amiga (…) Hoy en día, estoy casada y tengo dos hijos preciosos y no me arrepiento en absoluto de haber tomado esa decisión, no era el momento, de no haberlo hecho así, tendría que haber acarreado un hijo sin padre y sin dinero ¿cómo le hubiera dado una vida digna?”.

Pilar, 21 años: “En febrero hizo dos años. Me quedé embarazada y todos los factores de mi alrededor apostaban en contra de continuar el embarazo. Estaba estudiando, tenía una pareja, con la que actualmente ya no estoy, mis padres no veían bien que tuviera un hijo tan joven y además soy diabética y mi médico me dejó claro desde que era pequeña que era un riesgo a la hora de pasar por un embarazo. Así que aborté. Por mi lo hubiera tenido pero todo mi entorno me llevaba a lo contrario.  Desde entonces mis ciclos no son regulares y me asusto ante la idea de quedarme embarazada.

Los casos de estas mujeres no son más que unos pocos ejemplos, la práctica del aborto nos ha acompañado desde épocas remotas. Sociedades primitivas, dónde los hijos eran un obstáculo en la poblaciones nómadas; civilizaciones como la Griega, donde el infanticidio y el aborto estaban habitualmente perdonados e incluso recomendados por los filósofos, y otras como la Romana y la China, de los cuales se tienen registros en su literatura. Se han ido formulando leyes desde la más restrictiva como La Ley Canónica de 1869, proclamada por el Papa Pio IX, donde no consideraba justificado el aborto en ninguna circunstancia, a la más liberal, aborto libre en el primer trimestre de embarazo por razones sociales o a petición de la mujer.

En España, la legalidad de la práctica del aborto ha pasado por diferentes fases. La primera ley fue establecida en 1985 (Ley Orgánica 9/1985, aprobada el 5 de julio de 1985), una ley de despenalización parcial del aborto inducido en tres supuestos: riesgo grave para la salud física o psíquica de la mujer embarazada (supuesto terapéutico), violación (supuesto criminológico) y malformaciones o taras, físicas o psíquicas, en el feto (supuesto eugenésico). De acuerdo con esta ley, la gestante podía interrumpir el embarazo en las primeras 12 semanas en el caso criminológico, en las 22 primeras semanas en el eugenésico, y en cualquier momento del embarazo en el caso terapéutico.

En el momento en el que la ley se aprobó, España se encontraba inmersa en ese periodo que se ha llamado de “transición a la democracia” después de una dictadura que había durado más de 40 años. Clínicas abortivas como la de Sáez Santa María en Málaga fueron de las primeras. Dos de los casos presentados, María y Juana, vivieron esta transición, esta lucha que marcó un importante avance en nuestra sociedad, dando pie así, a asumir los derechos de las mujeres y la libertad de elección. Hasta entonces, las alternativas que tenían las mujeres eran irse a otros países como Inglaterra, donde la práctica era segura aunque también era menos asequible, o Portugal, dónde las condiciones eran más precarias pero para aquellas mujeres con pocos recursos económicos era la única opción.

En 2009, bajo el gobierno de J. L. R. Zapatero, se tramitó la reforma de la ley de 1985,  entrando en vigor la Ley Orgánica 2/2010, del 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva de la interrupción voluntaria del embarazo, que regulaba la interrupción voluntaria en cualquier circunstancia, durante las 14 primeras semanas de gestación, y, hasta la semana 22, en caso de que exista grave riesgo para la vida o la salud de la embarazada o riesgo de graves anomalías para el feto. En caso de que se detecten anomalías fetales incompatibles con la vida no hay límite temporal. La nueva ley permite también a las jóvenes de 16 y 17 abortar sin necesitar la autorización de sus padres. Pero en 2012, bajo el gobierno de M. Rajoy, A. Ruíz-Gallardón anunció su intención de reformar la Ley del Aborto aprobada 3 años antes, ante la negativa por parte del propio gobierno y de la Iglesia Católica a esta reforma, para volver al modelo de la ley de 1985 en el que las mujeres habían de justificar su decisión y se deroga el aborto libre a petición de la embarazada hasta las catorce semanas y también se deroga el permiso sin autorización a las jóvenes de 16 a 18 años, pasando del método a plazos al de los supuestos, donde en el supuesto de malformaciones e imperfecciones físicas o psíquicas del feto no se contempla.

Actualmente, la repercusión social ante este debate es evidente por todos los medios tanto prensa, como televisión como por la red. Opiniones a favor del aborto des del punto más feminista proclamando el lema “Nosotras parimos, nostras decidimos” etc., promoviendo acciones sociales como la iniciativa de una artista y activista madrileña, Yolanda Domínguez, de registrar su cuerpo seguida por cientos de mujeres; o en contra del mismo des de la variante más católica y conservadora, la que defiende el derecho a la vida. Nos encontramos ante un debate sin solución teórica ya que se trata de un debate social, ético y político, donde, precisamente, se cuestiona la prevalencia de dos principios fundamentales: el derecho a la vida y el derecho a libre elección.

El movimiento en Defensa de la vida plantea que todos los seres humanos, incluso el feto, reciben directamente el don de la vida, desde el mismo momento de la concepción y el aborto, en cualquier momento de la gestación, equivale a quitar la vida a un ser inocente y difunden las repercusiones físicas negativas como argumento a su favor para derogar la ley. Este es uno de los motivos por el cual muchas mujeres creyentes que comparten sus casos en la red están afectadas y consideran haber cometido un delito sintiéndose como unas asesinas y creando un tabú en la sociedad.

La iglesia y el partido conservador atacan la ley exactamente con los mismos argumentos desde hace veinticuatro años. Uno de los motivos por los que se cuestiona la ley es el miedo a un incremento desmesurado y descontrolado del número de abortos y el posible uso de este como un mecanismo “anticonceptivo”, pero paradójicamente, la ley actual vela por una prevención y educación en población general. Y por otra parte, la necesidad de un aumento en la natalidad dada la inversión de la pirámide poblacional, no obstante, tampoco se hace nada al respecto para promover la natalidad de la población autóctona. Algo importante a tener en cuenta desde este punto de vista, es que en el artículo 15 de la Constitución se contempla el derecho a la vida del no nacido pero no se concibe como titular de este derecho. Entonces, sin una verdadera argumentación ¿qué es realmente lo que se esconde?

El movimiento en promover la libre elección plantea que la libertad de la mujer depende, en última instancia, de que sea ella la que tenga pleno y libre control de su vida procreadora, por lo que nadie tiene la obligación de ser madre a la fuerza y no hay que dar a luz hijos no deseados. La mujer es la que determina en función de los factores que la rodean como sus necesidades, sus valores, su situación socioeconómica, su trayectoria profesional… Beatriz Gimeno (2013), feminista de izquierdas, plantea que “la razón enmascarada de lo que se está discutiendo es una forma de entender el mundo, particularmente la posición que deben ocupar en él las mujeres. Y en el debate, tal como se plantea, no parece posible un punto intermedio, ni un consenso: no hay embrión vivo a medias, ni libertad de las mujeres que se pueda defender a medias. El único criterio que puede salvar las contradicciones del debate, es el de la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo”.

La Constitución desde este punto de vista también reconoce que la madre como mujer (y persona) es titular de un seguido de derechos que deben ser protegidos: derecho a la dignidad (artículo 10 CE), derecho a la integridad física y moral (artículo 15 CE), derecho a la libertad ideológica (artículo 16 CE) y derechos al honor, a la intimidad y a la propia imagen (artículo 18.1 CE).

Llegados a este punto, la polémica social ha alcanzado los más pequeños recovecos desviando así la atención al debate. Mujeres indignadas, sintiéndose atacadas y menospreciadas, con ello, perdiendo la perspectiva. En respuesta a la pregunta: ¿qué se esconde realmente detrás de esta propuesta? En una reunión íntima de mujeres, surgieron ciertas ideas al respecto:

¿Es casualidad que se iniciara la propuesta de reforma de ley justo en el mismo momento que se proclama el auge de la crisis económica, hecho que conlleva emigración de la población joven en búsqueda de trabajo? No, por lo menos no lo parece. Nuestro gobierno nos está llevando a un retroceso, como mínimo, de más de 30 años, donde las personas, que constitucionalmente se supone tienen unos derechos que no hacen más que vulnerar, pasan a ser meros esclavos para poder fomentar el sistema capitalista en el que vivimos. Parece que su objetivo final sea volver a la época feudal dónde había un señor por cada cientos o miles de habitantes, donde estos cientos o miles malvivían sumidos en la más absoluta pobreza y, el señor vivía rodeado de lujos y ostentando todo el poder jurídico y político. Una de las pruebas de ello sería el que aún exista una nobleza o casta superior que venimos arrastrando desde hace siglos y que ya no tienen una función real, por lo que ya no tiene un motivo de existir, salvo el recordarnos continuamente que en España no todos somos iguales, más aún cuando esta condición de nobleza ni se la han ganado de ningún modo, pues nacen con ella, ni la pueden perder bajo ninguna circunstancia.

Por otra parte, respecto al papel de la mujer: ¿La responsabilidad y el peso son sólo exclusivamente de la mujer? No. La posición feminista extrema no tiene en consideración el papel del hombre en este proceso. Estamos de acuerdo que el cuerpo de la mujer es suyo, y es ella quién da refugio a una nueva vida, pero esa vida no se engendra sola. Que una mujer se quede embarazada es responsabilidad de dos. Tanto hombres como mujeres conocemos los métodos para prevenir embarazos no deseados, la educación básica ya promueve una educación sexual en los institutos, aunque podría ser mejor y no sólo en ese contexto, pero a pesar de esto, existe la posibilidad de que fallen. Por lo que, tanto en el caso de que se trate de una pareja, como en el caso de que se trate de una mujer que se queda embarazada en una relación esporádica (ya que aunque no sea su pareja formal, sigue siendo el padre de un posible futuro ser), la decisión debe ser debatida y ambos deben de estar de acuerdo. Además, toda mujer tiene una red social y familiar detrás de sí, que es un factor de gran influencia en la decisión de continuar o no un embarazo en la mayoría de los casos, no sólo por su influencia directa en el momento de la concepción, también y con mayor relevancia, por la influencia ejercida durante toda su trayectoria vital, pasando por su educación, valores, herencia…

Gran parte del debate defiende el poder elegir, pero ¿realmente escogemos traer la vida? En cierto modo, no. Como, de la misma manera, ¿escogemos de quién nos enamoramos? Esta cuestión nos traslada a una parte más profunda y significativa de la condición humana. Como desvela Eduard Punset en su entrevista a Aldo Rustichini, neuroeconomista, prácticamente el 90% de nuestras decisiones tienen una base inconsciente e intuitiva, hecho que no quita la elaboración y sofisticación de este proceso. Nuestras decisiones son dirigidas con un gran peso por nuestra amígdala, región del cerebro que manipula las emociones, dejando a un lado a la región frontal más racional y consciente. Trasladando este hecho al tema que nos trae hoy aquí, puede ser una de las respuestas a las repercusiones psicológicas que acompañan al aborto.

Como Natalia Artigas, psicóloga de la UCI de neonatos del Hospital Josep Trueta de Girona, nos explica en su artículo, que la repercusión psicológica principal ante la pérdida de un hijo sea durante el embarazo, al nacer o breve tiempo después del nacimiento, es un proceso de duelo, ese torbellino de sentimientos y pensamientos confusos. Incluso si el hijo llega a nacer pero trae consigo dificultades de supervivencia, los padres y familiares generalmente se ven invadidos por sentimientos de tristeza, miedo, incertidumbre, frustración, rabia, culpa… creando así un estado de estrés y momento de inestabilidad emocional. De modo que esta situación hace necesaria la implantación de ayuda profesional en este ámbito hospitalario por tal de poder ofrecer ese apoyo emocional, dada la importancia de saber lo que no hay que hacer.

Es lógico pensar que una muerte de un ser esperado y deseado pueda haber repercusiones psicológicas, también en numerosos abortos inducidos donde la mujer se ha visto obligada sea por causas médicas como por imposición externa de un marido, de unos padres… como el caso de Pilar que se encontró con una negativa por parte de su entorno; pero, cuando se toma la decisión de interrumpir el embazado por voluntad propia y de forma meditada, ¿cómo explicamos que se sigan dando casos con repercusiones como el Trastorno por Estrés Post-traumático (TEPT), denominado Síndrome post-aborto cuando el factor de estrés es el aborto en sí, o depresión, autolesiones, alteraciones del sueño, trastornos de la alimentación, disfunciones sexuales…? Este no sería el caso de María y Juana que tras meditar su decisión, no han tenido ningún tipo de repercusiones ni físicas ni psicológicas.

Actualmente se llevan a cabo numerosos estudios de los cuales se extraen datos sorprendentes de grandes secuelas psicológicas y psiquiátricas incluso en mujeres que abortaron voluntariamente. Pero también, se generan estas mismas secuelas ante la denegación al aborto en casos diagnosticados de feto anancefálico, un feto incompatible con la vida. En estos casos el aborto tiene una función terapéutica y preventiva como en el caso de Raquel. Yo me pregunto, ¿hasta qué punto son exhaustivos estos estudios con este alto contenido de alarma? Cuando dicen que el 19% de las mujeres que abortan tienen TEPT, ¿en qué situación se encontraban y qué antecedentes las precedían? Por un lado, considero que hay una manipulación para promover el debate y polémica social y por otro, y más importante, hay unas evidentes consecuencias del aborto determinadas por una pluralidad de factores, pero hace pensar que son debidas a la falta de consciencia y sabiduría femenina que no se transmite hoy en día en nuestra sociedad actual, ya que, como algunos casos de los presentados en este artículo muestran, hay mujeres que escogieron solas o junto a su pareja, y no han tenido ningún tipo de repercusión. En España, el único estudio existente es el informe de 1993 de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, titulado “Mujer y salud mental”, que corrobora esta hipótesis señalando como rasgos de las mujeres que abortan más de una vez la inmadurez, la inestabilidad emocional, la sexualidad pasiva y dependiente, la aversión a los métodos anticonceptivos, los problemas de pareja, conflictos con los padres, mala auto imagen, vivencias negativas o traumáticas, y tendencia y rasgos de personalidad patológica: esquizofrenia, paranoia y psicopatía. J. Coleman, por su parte, en la revista de psiquiatría British Journal of Psychiatry publicó el macro estudio “El aborto y la salud mental: la síntesis y el análisis cuantitativo de la investigación publicada 1995-2009”. Esta revisión se realizó con el fin de producir un análisis imparcial y cuantitativo que desvela el aborto como un factor de riesgo, entre otros muchos factores que pueden aumentar la probabilidad de problemas de salud mental.

Nos preguntamos, ¿las mujeres que quieren abortar es realmente lo que quieren? ¿o son toda una serie de prejuicios y expectativas sociales las que deciden por ellas? Una mujer, de forma natural, desea engendrar y dar vida, es nuestra función biológica, además de ser una de las experiencias más satisfactorias y “milagrosas” por las que una mujer puede pasar. Por lo que nos encontramos ante una disonancia clara que explica las repercusiones posteriores. El ciclo sexual de una mujer no está en consonancia al ciclo vital determinado por esta sociedad, desde que menstruamos por primera vez, nuestro cuerpo está preparado para procrear y esta función está limitada en el tiempo, tenemos entre 25 y 30 años biológicos para poder ser madres, período que se ve acortado a unos 15 años por las necesidades sociales, económicas y profesionales enfocadas en una dirección de necesidad material, a estigmatizar la maternidad y no en fomentar los vínculos, la familia, los valores… aspectos mucho más importantes motivo por el cual las personas acuden a terapia.

¿Qué dirección estamos tomando? Reflexionemos al respecto.

 

Autora: Eva María Sances Cara