Aborto: ¿a qué nos enfrentamos?

Encontramos en la red historias de casos reales de abortos dramáticos, envueltos de culpabilidad y arrepentimiento y consecuencias terribles en relación a la salud tanto física como mental. “Tenía 19 años cuando cometí el peor de los crímenes: maté a mi bebé”,  “Nunca más pude tener hijos”,  “Mi novio me dejó”, “Mi madre me obligó”… Historias que se repiten en diferentes páginas, conservando la confidencialidad, que generan en respuesta testimonios como este:

P. (14/09/2007, 13:19): “Harta de ver “historias reales” en que abortar se convierte en un horror (y que son falsas), expongo mi historia, que sí es real: Tenía 19 años, estudiaba un módulo de administración, tenía un novio que pasaba un poco de mí, pero lo tenía. (…) el preservativo debió romperse (no lo comprobamos (…). Estaba embarazada. Se me cayó el mundo encima. Fui a mi ex y se lo comenté. No supe más de él. Entonces creí morir. No sabía qué hacer, me veía sola, sin dinero, sin nada y con un bebé. Tenía tantos planes (…) Lo pensé y lo medité mucho y al final fui a planificación familiar y me informé. (…) Pues aborté, yo sola, en la clínica. Sin decir nada a nadie, porque por desgracia la sociedad todavía no admite el aborto como un derecho o una elección. Ahora soy técnico administrativo, cada vez más importante en mi empresa, tengo un novio maravilloso, al cual le conté esta historia y no le importa nada, tengo a mi familia que me adora. En fin, gracias a mi decisión he podido cumplir mis ilusiones y vivir mi vida. No me arrepiento de lo que hice, y jamás lo haré, es algo que tenía que hacer. Sufrí mucho en su momento, claro que sí! Fue duro, yo sola. Pero, lo afronté. (…)”.

A continuación, os presento otros testimonios recogidos a través de entrevistas personales (los nombres son falsos con el fin de mantener la confidencialidad). Gracias a todas ellas por participar e inspirar este artículo:

Raquel, 35 años: “Cuando tenía 22 años me quedé embarazada de mí pareja. Yo estaba decidida a llevar a cabo el embarazado, pero mi pareja no y me dejó. A pesar de esto, continué sola, yo quería tenerlo y no me importaba si era sola o acompañada. Durante todo el embarazo tuve pérdidas de sangre y al sexto mes, por consejo del médico, realizamos el aborto inducido ya que el bebé podría tener malformaciones al nacer y el embarazo no iba bien. Fue muy duro para mí durante el primer mes después de la pérdida. Los años siguientes es inevitable recordarlo en la fecha. No me arrepiento de haberlo hecho, ambos estábamos en riesgo. Hoy en día soy feliz, y aunque aun no tengo hijos por circunstancias de pareja, los tendré.”

María, 59 años: “A los 32 años, después de haber tenido 3 hijos, estaba terminando de estudiar mi carrera que había abandonado a los 19 cuando tuve mi primera hija, y me quedé embarazada de mi marido. Decidí abortar porque no quería tener más. Fue una decisión premeditada, hablada con mi marido y contando su apoyo, estaba muy segura y convencida de lo que estaba haciendo, y sigo estándolo. (…) Exageré mi situación con tal de asegurarme que me concedieran lo que considero mi derecho a decidir sobre mi vida”.

Juana, 56 años: “Aborté con 29 años. No tenía trabajo, ni pareja, mi embarazo fue fruto de una relación esporádica. Tuve que desplazarme a la Clínica de “x” y me realicé el aborto. Ese día tuve molestias, sobre todo por el viaje de vuelta en autobús, pero básicamente era como un dolor de regla fuerte. Me fui a pasar el fin de semana con una amiga (…) Hoy en día, estoy casada y tengo dos hijos preciosos y no me arrepiento en absoluto de haber tomado esa decisión, no era el momento, de no haberlo hecho así, tendría que haber acarreado un hijo sin padre y sin dinero ¿cómo le hubiera dado una vida digna?”.

Pilar, 21 años: “En febrero hizo dos años. Me quedé embarazada y todos los factores de mi alrededor apostaban en contra de continuar el embarazo. Estaba estudiando, tenía una pareja, con la que actualmente ya no estoy, mis padres no veían bien que tuviera un hijo tan joven y además soy diabética y mi médico me dejó claro desde que era pequeña que era un riesgo a la hora de pasar por un embarazo. Así que aborté. Por mi lo hubiera tenido pero todo mi entorno me llevaba a lo contrario.  Desde entonces mis ciclos no son regulares y me asusto ante la idea de quedarme embarazada.

Los casos de estas mujeres no son más que unos pocos ejemplos, la práctica del aborto nos ha acompañado desde épocas remotas. Sociedades primitivas, dónde los hijos eran un obstáculo en la poblaciones nómadas; civilizaciones como la Griega, donde el infanticidio y el aborto estaban habitualmente perdonados e incluso recomendados por los filósofos, y otras como la Romana y la China, de los cuales se tienen registros en su literatura. Se han ido formulando leyes desde la más restrictiva como La Ley Canónica de 1869, proclamada por el Papa Pio IX, donde no consideraba justificado el aborto en ninguna circunstancia, a la más liberal, aborto libre en el primer trimestre de embarazo por razones sociales o a petición de la mujer.

En España, la legalidad de la práctica del aborto ha pasado por diferentes fases. La primera ley fue establecida en 1985 (Ley Orgánica 9/1985, aprobada el 5 de julio de 1985), una ley de despenalización parcial del aborto inducido en tres supuestos: riesgo grave para la salud física o psíquica de la mujer embarazada (supuesto terapéutico), violación (supuesto criminológico) y malformaciones o taras, físicas o psíquicas, en el feto (supuesto eugenésico). De acuerdo con esta ley, la gestante podía interrumpir el embarazo en las primeras 12 semanas en el caso criminológico, en las 22 primeras semanas en el eugenésico, y en cualquier momento del embarazo en el caso terapéutico.

En el momento en el que la ley se aprobó, España se encontraba inmersa en ese periodo que se ha llamado de “transición a la democracia” después de una dictadura que había durado más de 40 años. Clínicas abortivas como la de Sáez Santa María en Málaga fueron de las primeras. Dos de los casos presentados, María y Juana, vivieron esta transición, esta lucha que marcó un importante avance en nuestra sociedad, dando pie así, a asumir los derechos de las mujeres y la libertad de elección. Hasta entonces, las alternativas que tenían las mujeres eran irse a otros países como Inglaterra, donde la práctica era segura aunque también era menos asequible, o Portugal, dónde las condiciones eran más precarias pero para aquellas mujeres con pocos recursos económicos era la única opción.

En 2009, bajo el gobierno de J. L. R. Zapatero, se tramitó la reforma de la ley de 1985,  entrando en vigor la Ley Orgánica 2/2010, del 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva de la interrupción voluntaria del embarazo, que regulaba la interrupción voluntaria en cualquier circunstancia, durante las 14 primeras semanas de gestación, y, hasta la semana 22, en caso de que exista grave riesgo para la vida o la salud de la embarazada o riesgo de graves anomalías para el feto. En caso de que se detecten anomalías fetales incompatibles con la vida no hay límite temporal. La nueva ley permite también a las jóvenes de 16 y 17 abortar sin necesitar la autorización de sus padres. Pero en 2012, bajo el gobierno de M. Rajoy, A. Ruíz-Gallardón anunció su intención de reformar la Ley del Aborto aprobada 3 años antes, ante la negativa por parte del propio gobierno y de la Iglesia Católica a esta reforma, para volver al modelo de la ley de 1985 en el que las mujeres habían de justificar su decisión y se deroga el aborto libre a petición de la embarazada hasta las catorce semanas y también se deroga el permiso sin autorización a las jóvenes de 16 a 18 años, pasando del método a plazos al de los supuestos, donde en el supuesto de malformaciones e imperfecciones físicas o psíquicas del feto no se contempla.

Actualmente, la repercusión social ante este debate es evidente por todos los medios tanto prensa, como televisión como por la red. Opiniones a favor del aborto des del punto más feminista proclamando el lema “Nosotras parimos, nostras decidimos” etc., promoviendo acciones sociales como la iniciativa de una artista y activista madrileña, Yolanda Domínguez, de registrar su cuerpo seguida por cientos de mujeres; o en contra del mismo des de la variante más católica y conservadora, la que defiende el derecho a la vida. Nos encontramos ante un debate sin solución teórica ya que se trata de un debate social, ético y político, donde, precisamente, se cuestiona la prevalencia de dos principios fundamentales: el derecho a la vida y el derecho a libre elección.

El movimiento en Defensa de la vida plantea que todos los seres humanos, incluso el feto, reciben directamente el don de la vida, desde el mismo momento de la concepción y el aborto, en cualquier momento de la gestación, equivale a quitar la vida a un ser inocente y difunden las repercusiones físicas negativas como argumento a su favor para derogar la ley. Este es uno de los motivos por el cual muchas mujeres creyentes que comparten sus casos en la red están afectadas y consideran haber cometido un delito sintiéndose como unas asesinas y creando un tabú en la sociedad.

La iglesia y el partido conservador atacan la ley exactamente con los mismos argumentos desde hace veinticuatro años. Uno de los motivos por los que se cuestiona la ley es el miedo a un incremento desmesurado y descontrolado del número de abortos y el posible uso de este como un mecanismo “anticonceptivo”, pero paradójicamente, la ley actual vela por una prevención y educación en población general. Y por otra parte, la necesidad de un aumento en la natalidad dada la inversión de la pirámide poblacional, no obstante, tampoco se hace nada al respecto para promover la natalidad de la población autóctona. Algo importante a tener en cuenta desde este punto de vista, es que en el artículo 15 de la Constitución se contempla el derecho a la vida del no nacido pero no se concibe como titular de este derecho. Entonces, sin una verdadera argumentación ¿qué es realmente lo que se esconde?

El movimiento en promover la libre elección plantea que la libertad de la mujer depende, en última instancia, de que sea ella la que tenga pleno y libre control de su vida procreadora, por lo que nadie tiene la obligación de ser madre a la fuerza y no hay que dar a luz hijos no deseados. La mujer es la que determina en función de los factores que la rodean como sus necesidades, sus valores, su situación socioeconómica, su trayectoria profesional… Beatriz Gimeno (2013), feminista de izquierdas, plantea que “la razón enmascarada de lo que se está discutiendo es una forma de entender el mundo, particularmente la posición que deben ocupar en él las mujeres. Y en el debate, tal como se plantea, no parece posible un punto intermedio, ni un consenso: no hay embrión vivo a medias, ni libertad de las mujeres que se pueda defender a medias. El único criterio que puede salvar las contradicciones del debate, es el de la autonomía de las mujeres sobre su propio cuerpo”.

La Constitución desde este punto de vista también reconoce que la madre como mujer (y persona) es titular de un seguido de derechos que deben ser protegidos: derecho a la dignidad (artículo 10 CE), derecho a la integridad física y moral (artículo 15 CE), derecho a la libertad ideológica (artículo 16 CE) y derechos al honor, a la intimidad y a la propia imagen (artículo 18.1 CE).

Llegados a este punto, la polémica social ha alcanzado los más pequeños recovecos desviando así la atención al debate. Mujeres indignadas, sintiéndose atacadas y menospreciadas, con ello, perdiendo la perspectiva. En respuesta a la pregunta: ¿qué se esconde realmente detrás de esta propuesta? En una reunión íntima de mujeres, surgieron ciertas ideas al respecto:

¿Es casualidad que se iniciara la propuesta de reforma de ley justo en el mismo momento que se proclama el auge de la crisis económica, hecho que conlleva emigración de la población joven en búsqueda de trabajo? No, por lo menos no lo parece. Nuestro gobierno nos está llevando a un retroceso, como mínimo, de más de 30 años, donde las personas, que constitucionalmente se supone tienen unos derechos que no hacen más que vulnerar, pasan a ser meros esclavos para poder fomentar el sistema capitalista en el que vivimos. Parece que su objetivo final sea volver a la época feudal dónde había un señor por cada cientos o miles de habitantes, donde estos cientos o miles malvivían sumidos en la más absoluta pobreza y, el señor vivía rodeado de lujos y ostentando todo el poder jurídico y político. Una de las pruebas de ello sería el que aún exista una nobleza o casta superior que venimos arrastrando desde hace siglos y que ya no tienen una función real, por lo que ya no tiene un motivo de existir, salvo el recordarnos continuamente que en España no todos somos iguales, más aún cuando esta condición de nobleza ni se la han ganado de ningún modo, pues nacen con ella, ni la pueden perder bajo ninguna circunstancia.

Por otra parte, respecto al papel de la mujer: ¿La responsabilidad y el peso son sólo exclusivamente de la mujer? No. La posición feminista extrema no tiene en consideración el papel del hombre en este proceso. Estamos de acuerdo que el cuerpo de la mujer es suyo, y es ella quién da refugio a una nueva vida, pero esa vida no se engendra sola. Que una mujer se quede embarazada es responsabilidad de dos. Tanto hombres como mujeres conocemos los métodos para prevenir embarazos no deseados, la educación básica ya promueve una educación sexual en los institutos, aunque podría ser mejor y no sólo en ese contexto, pero a pesar de esto, existe la posibilidad de que fallen. Por lo que, tanto en el caso de que se trate de una pareja, como en el caso de que se trate de una mujer que se queda embarazada en una relación esporádica (ya que aunque no sea su pareja formal, sigue siendo el padre de un posible futuro ser), la decisión debe ser debatida y ambos deben de estar de acuerdo. Además, toda mujer tiene una red social y familiar detrás de sí, que es un factor de gran influencia en la decisión de continuar o no un embarazo en la mayoría de los casos, no sólo por su influencia directa en el momento de la concepción, también y con mayor relevancia, por la influencia ejercida durante toda su trayectoria vital, pasando por su educación, valores, herencia…

Gran parte del debate defiende el poder elegir, pero ¿realmente escogemos traer la vida? En cierto modo, no. Como, de la misma manera, ¿escogemos de quién nos enamoramos? Esta cuestión nos traslada a una parte más profunda y significativa de la condición humana. Como desvela Eduard Punset en su entrevista a Aldo Rustichini, neuroeconomista, prácticamente el 90% de nuestras decisiones tienen una base inconsciente e intuitiva, hecho que no quita la elaboración y sofisticación de este proceso. Nuestras decisiones son dirigidas con un gran peso por nuestra amígdala, región del cerebro que manipula las emociones, dejando a un lado a la región frontal más racional y consciente. Trasladando este hecho al tema que nos trae hoy aquí, puede ser una de las respuestas a las repercusiones psicológicas que acompañan al aborto.

Como Natalia Artigas, psicóloga de la UCI de neonatos del Hospital Josep Trueta de Girona, nos explica en su artículo, que la repercusión psicológica principal ante la pérdida de un hijo sea durante el embarazo, al nacer o breve tiempo después del nacimiento, es un proceso de duelo, ese torbellino de sentimientos y pensamientos confusos. Incluso si el hijo llega a nacer pero trae consigo dificultades de supervivencia, los padres y familiares generalmente se ven invadidos por sentimientos de tristeza, miedo, incertidumbre, frustración, rabia, culpa… creando así un estado de estrés y momento de inestabilidad emocional. De modo que esta situación hace necesaria la implantación de ayuda profesional en este ámbito hospitalario por tal de poder ofrecer ese apoyo emocional, dada la importancia de saber lo que no hay que hacer.

Es lógico pensar que una muerte de un ser esperado y deseado pueda haber repercusiones psicológicas, también en numerosos abortos inducidos donde la mujer se ha visto obligada sea por causas médicas como por imposición externa de un marido, de unos padres… como el caso de Pilar que se encontró con una negativa por parte de su entorno; pero, cuando se toma la decisión de interrumpir el embazado por voluntad propia y de forma meditada, ¿cómo explicamos que se sigan dando casos con repercusiones como el Trastorno por Estrés Post-traumático (TEPT), denominado Síndrome post-aborto cuando el factor de estrés es el aborto en sí, o depresión, autolesiones, alteraciones del sueño, trastornos de la alimentación, disfunciones sexuales…? Este no sería el caso de María y Juana que tras meditar su decisión, no han tenido ningún tipo de repercusiones ni físicas ni psicológicas.

Actualmente se llevan a cabo numerosos estudios de los cuales se extraen datos sorprendentes de grandes secuelas psicológicas y psiquiátricas incluso en mujeres que abortaron voluntariamente. Pero también, se generan estas mismas secuelas ante la denegación al aborto en casos diagnosticados de feto anancefálico, un feto incompatible con la vida. En estos casos el aborto tiene una función terapéutica y preventiva como en el caso de Raquel. Yo me pregunto, ¿hasta qué punto son exhaustivos estos estudios con este alto contenido de alarma? Cuando dicen que el 19% de las mujeres que abortan tienen TEPT, ¿en qué situación se encontraban y qué antecedentes las precedían? Por un lado, considero que hay una manipulación para promover el debate y polémica social y por otro, y más importante, hay unas evidentes consecuencias del aborto determinadas por una pluralidad de factores, pero hace pensar que son debidas a la falta de consciencia y sabiduría femenina que no se transmite hoy en día en nuestra sociedad actual, ya que, como algunos casos de los presentados en este artículo muestran, hay mujeres que escogieron solas o junto a su pareja, y no han tenido ningún tipo de repercusión. En España, el único estudio existente es el informe de 1993 de la Asociación Española de Neuropsiquiatría, titulado “Mujer y salud mental”, que corrobora esta hipótesis señalando como rasgos de las mujeres que abortan más de una vez la inmadurez, la inestabilidad emocional, la sexualidad pasiva y dependiente, la aversión a los métodos anticonceptivos, los problemas de pareja, conflictos con los padres, mala auto imagen, vivencias negativas o traumáticas, y tendencia y rasgos de personalidad patológica: esquizofrenia, paranoia y psicopatía. J. Coleman, por su parte, en la revista de psiquiatría British Journal of Psychiatry publicó el macro estudio “El aborto y la salud mental: la síntesis y el análisis cuantitativo de la investigación publicada 1995-2009”. Esta revisión se realizó con el fin de producir un análisis imparcial y cuantitativo que desvela el aborto como un factor de riesgo, entre otros muchos factores que pueden aumentar la probabilidad de problemas de salud mental.

Nos preguntamos, ¿las mujeres que quieren abortar es realmente lo que quieren? ¿o son toda una serie de prejuicios y expectativas sociales las que deciden por ellas? Una mujer, de forma natural, desea engendrar y dar vida, es nuestra función biológica, además de ser una de las experiencias más satisfactorias y “milagrosas” por las que una mujer puede pasar. Por lo que nos encontramos ante una disonancia clara que explica las repercusiones posteriores. El ciclo sexual de una mujer no está en consonancia al ciclo vital determinado por esta sociedad, desde que menstruamos por primera vez, nuestro cuerpo está preparado para procrear y esta función está limitada en el tiempo, tenemos entre 25 y 30 años biológicos para poder ser madres, período que se ve acortado a unos 15 años por las necesidades sociales, económicas y profesionales enfocadas en una dirección de necesidad material, a estigmatizar la maternidad y no en fomentar los vínculos, la familia, los valores… aspectos mucho más importantes motivo por el cual las personas acuden a terapia.

¿Qué dirección estamos tomando? Reflexionemos al respecto.

 

Autora: Eva María Sances Cara

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